Entre los regalos, el tercer obsequio fue, sin duda, el más imaginativo del repertorio: una poesía del bertsolari Jon Sarasua redactada en euskera y, por si el Pontífice no acababa de captar el mensaje, oportunamente traducida al quechua. El Gobierno Vasco ha explicado el gesto como un reconocimiento a «la implicación y compromiso» del entonces padre Prevost «con las lenguas indígenas» durante su etapa misionera en los Andes peruanos, donde sirvió primero en Chulucanas y posteriormente como obispo de Chiclayo.
La elección de la lengua quechua como puente entre Roma y Vitoria —saltándose, de paso, el incómodo trámite del castellano, idioma materno de cientos de millones de católicos y, casualmente, también lengua del Papa— permite al Ejecutivo autonómico encuadrar el euskera dentro de la categoría de «lenguas minorizadas del mundo», en pie de igualdad con las habladas por los pueblos andinos evangelizados por los misioneros españoles hace cinco siglos.











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